El lenguaje
por José Woldenberg
En una película de 1952, Rumba caliente, de Gilberto Martínez Solares, Lilia Prado (Ticha Mendoza) es una cigarrera que quiere ser bailarina. Se presenta de "colada" a una fiesta muy elegante y les presume a algunos invitados como si fuese estadounidense: "¿conocen ustedes el estado de Virginia". A lo que uno contesta: "Sí, pero no acostumbro hablar mal de las mujeres".
Por su parte, Resortes (en el papel de Resortes) le pregunta al dueño de un cabaret donde quiere que contraten a su amiga Ticha: "nos tomamos una copita". "No", responde el empresario malencarado, "no bebo". "Pues que lástima", le responde Resortes, "desaprovecha esa cara de borracho". En el primer caso, con ironía, el invitado decide hablar de menos. En el segundo, con malicia, Resortes opta por hablar de más.
Somos nuestra historia y nuestro lenguaje. Ambos nos hacen, nos modelan. Ni adánicos (sin historia) ni mudos. Lo que decimos, cómo lo decimos y lo que callamos nos forja, nos construye. Por ello, siempre es importante escuchar a quien habla, pero también oírse uno mismo. Porque cuando uno habla, por ejemplo, de otra persona, en ocasiones algo dice de ella, pero siempre mucho más sobre uno mismo.
El profesor hace una pregunta a sus alumnos. El niño se adelanta a contestar y falla. El profesor de inmediato le dice "burro". Es probable que en efecto el niño sea un "burro", es decir, un infante con problemas para aprender. Pero al hablar, el profesor nos ilustró mucho más sobre él que sobre el pequeño. Se trata de un docente insensible, agresivo, torpe y quizá también un animal.
Una mujer camina por la calle y al pasar junto a un tipo, éste le dice a bocajarro: "si como las mueves las das, ya vas". Por supuesto, el dicho del tipo nada nos informa sobre la mujer, pero es más que elocuente para calificar al sujeto. Se trata de un patán procaz que se cree simpático.
Leo a Norman Mailer hablando de Eisenhower. "Podía representar el papel de héroe sólo para esa gran cantidad de norteamericanos cuya falta de imaginación era su mayor orgullo... Eisenhower encarnó la mitad de las necesidades de la nación, las necesidades de los tímidos, los anquilosados, los santurrones y los perezosos" (América. Anagrama. 2005. p.72). Mailer describe al ex presidente de Estados Unidos, construye una imagen, y al mismo tiempo se describe a sí mismo como la antípoda de los votantes de Eisenhower.
Los tres ejemplos coinciden en una sola cosa: al hablar de los otros siempre nos describimos (modelamos) a nosotros mismos. En un extremo, a veces queriendo hablar del otro, sólo hablamos de nosotros (como en el caso del tipo del albur). Se podría decir (quizá exagerando) que siempre hablamos de nosotros y en ocasiones, cuando somos lo suficientemente observadores, agudos y sagaces, nos acercamos a descubrir algunos razgos de la personalidad o del carácter del otro. Por supuesto, al hablar lo podemos hacer con talento, ingenio, sensibilidad (vuelva a leer el pasaje de Mailer) o de forma pedestre, vulgar, ofensiva o también de manera rutinaria, burocrática, previsible. Dime cómo hablas y te diré quién eres. Y como dice el refrán: "En boca cerrada no entran moscas".
Hay una actividad cuya herramienta fundamental es la palabra, el lenguaje. La política empieza y termina con la palabra y cuando ésta se degrada, la política también lo hace.
En medio de las confrontaciones más agudas, en las espirales de violencia que parecen no tener fin, en los desencuentros más radicales, la palabra puede reorientar los acontecimientos, forjar un cauce distinto, ofrecer otro horizonte. Es decir, la palabra puede desactivar la violencia y ofrecer una ruta política para procesar los diferendos. Y, por el contrario, la política "normal", democrática, pluralista, se llega a convertir en violencia siempre precedida de la furia en el lenguaje. No hay guerra que no haya sido anunciada con ofensas al enemigo, con proclamas incendiarias. Y no hay paz duradera sin un lenguaje que la alimente.
Sobra decir que las campañas electorales son por definición el momento de la palabra, del lenguaje. Diagnósticos y recetas, análisis y propuestas, debates y réplicas, necesitan y se asientan en el lenguaje. Pero el adjetivo mal puesto, la ofensa, la agresión y la vulgaridad también forman parte del arsenal de palabras utilizadas. No obstante, ninguna fórmula resulta anodina, ninguna está exenta de secuelas.
Podría incluso afirmarse que los candidatos y los partidos tienen que usar ese instrumento más que ningún otro. Ya se sabe que en la época de la imagen "una fotografía dice más que mil palabras" (mentira de curso legal), que el tejido de redes de relaciones son imprescindibles para multiplicar los votos, que "el carisma" (algo que nadie puede descifrar) es imprescindible, pero todo ello sin el lenguaje, sin la palabra, es humo, es nada.
Sólo quien cree que se encuentra solo en el escenario de la política o que sus palabras se las lleva el viento, que tiene escasa o nula consideración por los demás o que está rodeado de puros incondicionales que le festejan invariablemente sus gracejadas, puede pensar que se puede insultar sin consecuencias, ofender sin generar preocupación, agraviar como si fuera un chiste.
La democracia mexicana es joven. Apenas nos estamos acostumbrando a vivir en medio de la pluralidad, a convivir con el otro. Cuidemos el lenguaje. Cuidemos la palabra. Ellos son el nexo que establece las relaciones entre las personas, los grupos, los partidos. Y esas relaciones siempre estarán impregnadas de las palabras cargadas, siempre cargadas. No existe el lenguaje neutro, incoloro, sin derivaciones.
Monday, September 11, 2006
Thursday, September 07, 2006
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